martes, 7 de julio de 2015

No lo verás, Quijote, en toda tu vida. Eduardo Garibay Mares. En el XXIII Aniversario del periódico Cambio de Michoacán


No lo verás, Quijote, en toda tu vida

Eduardo Garibay Mares
6 de Julio de 2015:  XXIII Aniversario del periódico Cambio de Michoacán

El fin de las letras es poner su punto en la justicia distributiva, al dar a cada uno lo que es suyo, y entender y hacer que las buenas leyes se guarden. El fin de las armas es la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear. Miguel de Cervantes Saavedra.

Desde el prólogo de la primera parte de su libro El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra mostró su rebeldía contra las reglas del juego, establecidas por correspondientes grupos de poder, cuando al reconocer que su obra carecía de lo que sobradamente usaban en sus escritos los quién es quién de su tiempo, y de todos los tiempos, la describió como “falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones al fin del libro”, si se le comparaba con otras que no obstante ser profanas o meras fábulas, estaban plenas “de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda caterva de filósofos que admiran a los leyentes, y que tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes”.
Porque Cervantes no cayó en el fácil recurso de usar un libro de moda cuyo largo catálogo enlistase a todos los autores, de la “a” a la “zeta”, para poner ese abecedario en el propio, dado que además de no necesitarlo, tampoco pretendió, como otros autores, dar así de improviso autoridad a su obra con dichos sustentos, que en su libro faltaban. Cuestiones todas prevalecen hasta nuestros días, en los distintos cotos de poder, y que en lo concerniente son causa de que los investigadores sólo citen en sus publicaciones, o aludan de viva voz, a los cuantos escogidos contemporáneos que forman parte de su círculo laboral y/o social, así como a personajes nacionales y extranjeros acordes a presuntas características.
Obvio es que la revolucionaria obra de Cervantes tenía en la mira evidenciar, con las puntualidades de la verdad y la conveniente locura de Don Quijote, que en la perenne lucha contra la inequidad habida entre clases sociales, los libros de caballerías eran una falacia prohijada para entretener al pueblo, por parte de los poderosos, a fin de darles esperanza de justicia, libertad e igualdad de oportunidades, las cuales supuestamente habría de allegarles un día con otro algún valiente que, paradójicamente, para servicio de la nobleza tendría que ser primero reconocido y armado caballero, lo cual, a la luz de la paradoja, es definitivo que nunca ocurrirá en tanto no se rompa dicho esquema del poder. Esto es, que locura con que dotó al Caballero de la Triste Figura  le permitió consignar, sin que su libro fuese prohibido y sin ser reprimido por ello, la estructura, nexos y dominio sobre el pueblo, poseídos por grupos de poder y gobernantes, que desde luego jamás será vencida por ningún idealista Quijote cervantino.
Don Quijote surge del pensamiento vuelto escritura plasmada en el papel. Dibujo a lápiz con edición digital/Mych
No lo verás, Quijote, en toda tu vida: parece sentenciarlo así el combativo autor, al relatar que Don Quijote llegaba a su pueblo cuando escuchó que un muchacho le decía a otro –no te canses, que no lo verás en toda tu vida–, y tomó esas palabras como mal agüero, ya que en ese momento vio que venía huyendo una liebre, perseguida por muchos galgos y cazadores, e interpretó todo eso como señal de que él nunca alcanzaría sus propósitos, ya que además volvía vencido por la estratagema urdida por la elite de su pueblo natal, con todas las agravantes de premeditación, alevosía y ventaja, para que el bachiller Sansón Carrasco, pertrechado como el “Caballero de la Blanca Luna”, lo retara a contender y lo venciera, a fin de que, una vez vencido, conviniera en dejar las armas y se retirara a su hogar, lo cual había logrado el bachiller luego de fracasar en un primer intento en que resultó vencido por Don Quijote, al enfrentarlo en un duelo bajo el nombre y disfraz de “Caballero de los Espejos”.
Crítica y autocrítica
Es en la segunda parte de su obra que Cervantes expone su punto de vista acerca de la escritura de libros, y especialmente del propio, cuando después de escuchar lo que el bachiller Sansón Carrasco le comentaba sobre lo que de él se había escrito, Don Quijote estuvo en desacuerdo con el autor de su historia. Esto es, que Cervantes se criticó a sí mismo, por voz de Don Quijote, de la forma siguiente:
–Con todo –expresó Sansón Carrasco–, algunos que han leído la historia dicen que les gustaría que el autor se hubiese olvidado de algunos de los infinitos palos dados, en diferentes encuentros, al señor Don Quijote. –Ahí entra la verdad de la historia–, acotó Sancho. –También pudiera callarlos por equidad–, replicó Don Quijote–, pues las acciones que no mudan ni alteran la verdad de la historia, no hay para qué escribirlas, si han de redundar en menosprecio del protagonista. Seguro es que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio lo pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero.
Luego de concluir Don Quijote que el susodicho autor no había sido un sabio sino algún ignorante hablador, que a tientas y sin algún discurso se puso a escribir la historia, saliese lo que saliere, Sansón Carrasco defendió al autor y la historia, al afirmar que ésta era tan clara y verdadera que los niños la hojeaban, los jóvenes la leían, los hombres la entendían y los viejos la celebraban, agregando que era tan famosa y leída que todo género de gente la conocía.
Las alusiones que Cervantes hace de sí mismo culminaron cuando Don Quijote concluyó su testamento con la súplica a sus albaceas de “que si la buena suerte les trajere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de ‘segunda parte de las hazañas de Don Quijote de la Mancha’, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe; porque parto de esta vida con escrúpulo de haberle dado motivos para escribirlos”. Arrepentimiento y disculpas del moribundo Don Quijote, por lo dicho y hecho en tal historia, con que Cervantes descalificó lo revolucionario de su obra, ante la amenaza del juicio y castigo que pudiese venirle desde los altos tribunales humanos, que conocía, más que de los divinos, en que creía.
Corolario
Es en el prólogo de la segunda parte que Cervantes responde a quien lo menospreció por estar viejo y manco. –Como si de mí dependiera detener el tiempo, para que no pasase por mí y sin considerar “que no se escribe con las canas sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años”; o si mi manquedad hubiese ocurrido en una taberna y no en la Guerra de Lepanto–, precisó el autor a su crítico, al parecer sacerdote y cercano del Santo Oficio, quien igual dejó ver incomodidad por una obra que calificó de ser, entre otras cosas, más satírica que ejemplar.
Infortunadamente, tal criterio trascendió, ya que Don Quijote sólo ha llegado a ser usado como satírico símbolo de lucha contra el poder, cuya augurada derrota es vuelta realidad por los poderosos, al siempre demostrar que todo propósito y actividad que afecten sus ambiciones e intereses, nunca verán el triunfo.
Esto es, que Don Quijote tendría que dejar de ser figura carnavalesca de festivales cervantinos, para convertirse en ejemplo de lucha victoriosa por la igualdad, la libertad y justicia social, al lado del pueblo y sin ataduras ni compromisos con grupos de poder.


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